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    POLÍTICA 5 ESTRELLAS

    "Los autoconvocados del 2001 catalizaron el descontento social pero no pudieron ir mucho más allá que materializarse en las mesas de trueque, conseguir votos para Clemente y San Martín y desvanecerse en las plazas de debate y discusión".



    Los resultados de las elecciones parlamentarias del 4 de marzo en Italia confirmaron la tendencia creciente en ese país de una alta aceptación a las propuesta políticas del Movimiento Cinco Estrellas (M5S) que desde su creación en el 2008, no paró de sumar adeptos.

    El nombre adoptado hace alusión a los cinco presupuestos de su plataforma: agua pública, transporte, desarrollo, conectividad y medio ambiente y se remite al “decrecimiento”, una corriente de pensamiento político que postula que cuando se quiere corregir algo que está mal, lo mejor es esperar o hacer todo lo necesario para volver al estado inicial y desde allí hacerlo de nuevo: “Es como cuando se desborda un río” afirman sus seguidores “hay que esperar que baje la inundación para poder hacer algo”.

    Y lo “que está mal” para Cinco Estrellas, cuyos miembros también son conocidos como escépticos, es el sistema político italiano entendido como el conjunto interrelacionado de agentes, instituciones y normativas, es decir el poder político, y lo refleja en un discurso que pone énfasis en “el hartazgo producido por los políticos y el sistema que los contiene como también en el agotamiento de las estructuras y propuestas de los dos partidos mayoritarios de la península”.

    Hay que recordar que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y hasta los años 90, la política italiana estuvo dominada por la izquierda y la derecha que con sus múltiples variantes, como la Democracia Cristiana y el Partido Comunista, monopolizaron la preferencia electoral.

    “Las fuerzas italianas integradas en el Partido Popular Europeo (Forza Italia) y en Socialistas y Demócratas europeos (Partido Demócrata) sumaron el domingo 4 de marzo el 32% de los votos, el mismo porcentaje que logró en solitario el Movimiento 5 Estrellas, convertido bajo el liderazgo de Luigi di Maio en el catalizador de un voto de protesta, eurorreticente y antiguamente alineado con la izquierda. En el otro extremo, la Liga, con casi el 18% de los votos, arrebata a Forza Italia el liderazgo de los conservadores y lo lleva hacia posiciones ultraderechistas, eurófobas y xenófobas” esta aseveración de un analista político belga puede ser tomada como una síntesis de la significación que se le otorga al triunfo del M5S que, aun cuando no le permitirá formar gobierno, sí obligará a los vencidos a aprender primero y comprender después, códigos, significantes y significados que no están en el índice de los manuales políticos que usan desde hace décadas.

    En sus comienzos el M5S fue minimizado por quienes creian que no era más que una original y simpática ocurrencia de uno de sus fundadores, el humorista Bepe Grillo, y que tendría igual o menos importancia que la banca conseguida en 1989 por Ilona Staler, seudónimo de Elena Anna Staller, mundialmente conocida como la Cicciolina.

    Pero es indudable que el M5S se convirtió en algo más que un chiste o un sketch especialmente por haber logrado que millones de ciudadanos se convenzan de la necesidad de “disminuir regular y controladamente la producción económica, con el objetivo de establecer una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, pero también entre los propios seres humanos”.

    Algunos observadores sostienen que este movimiento es una nueva forma de populismo que trata de canalizar el creciente enojo, desencanto y frustación de millones de italianos cansados de “la vieja política” .

    Un fenómeno parecido ocurrió en España con el Movimiento 15-M, también llamado “de los Indignados”, que fuera creado en el 2011 con la intención de quebrar la hegemonía del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y del Partido Popular (PP). ¿Resultado? Desde ese año y hasta hoy Mariano Rajoy (PP) timonea férreamente el gobierno dando continuidad a la alternancia de ambos partidos que iniciara Felipe González (PSOE) en 1982.

    Podríamos suponer que el cansancio y el hartazgo de un importante sector de la sociedad con los políticos y “la política” hoy aprovechada por Cinco Estrellas en Italia, es el que vislumbró en nuestra provincia José Ruiz Palacios cuando en 1985, sin la profundidad en sus enunciados y mucho menos en su elaboración y posterior ejecución, creó Acción Chaqueña (ACH) movimiento que consiguió gobernar por tres períodos la municipalidad de Resistencia, uno encabezado por él mismo y dos por la hoy diputada nacional del PJ Elda Pértile, acceder a la presidencia de la Legislatura y en 1991 empoderar en la provincia a Rolando Tauguinas .

    Hoy, con el veredicto del tiempo, se puede hacer una evaluación positiva o negativa de esas gestiones de gobierno pero de lo que no queda duda es que aquellos triunfos de ACH demostraron que cuando los desaciertos de los partidos mayoritarios se dan sin solución de continuidad, es posible que el electorado decida salir del bipartidismo.

    Otro ejemplo de intento de ruptura de esa matriz binaria en nuestro país fue lo ocurrido en el 2001 cuando aparecieron los desencantados de la política que, autoconvocados y con la consigna “que se vayan todos”, catalizaron el descontento social pero no pudieron ir mucho más allá que materializarse en las mesas de trueque, conseguir votos para Clemente y San Martín y desvanecerse en las plazas de debate y discusión.

    Los resultados obtenidos por aquellos incipientes deconstructores de la realidad política argentina fueron inversamente proporcionales a sus deseos pues “el sistema” que aborrecían les contestó con 14 años de variantes peronistas: el “piloto de tormenta” de Eduardo Duhalde; la vuelta a los origenes de Néstor Kircher y la radicalización ideológica que tanto dolores de cabeza le dió, y le da, a Cristina Fernández.

    Tal vez no sea aventurado afirmar que la llegada de Mauricio Macri a la presidencia haya sido un efecto tardío de la iniciativa de los quejosos del 2001 pues es la primera vez desde 1945, si se obvian las rupturas institucionales, que el péndulo del poder político no oscila entre peronistas y radicales.

    Lo llamativo es que la discontinuidad en esa alternancia no fue consecuencia de la aparición de una nueva fuerza política que al estilo de M5S irrumpiera en nuestro país, sino que fue producto de la reedición, esta vez legal y legítima, ampliada, agiornada y marketinera de quienes gobernaron desde 1890 a 1916: los conservadores, que se mantuvieron en vigilia durante el período Yrigoyen-Alvear-Yrigoyen, para después imponer a sus últimos representantes con las presidencias de José Félix Uriburu (1930-1932), Agustín P. Justo (1932-1938), Roberto M. Ortíz (1938-1940) y Ramón Castillo (1940-1943).

    Quedará por determinar si en el 2019 el electorado decide mantener en el poder a los conservadores 2.0 o volverá a la alternancia. Esto último sólo sería posible si en ese año todavía existiesen el peronismo y el radicalismo con una oferta de nombres, propuestas y liderazgos que vuelvan a tener el voto de la mayoría.

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