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    Un país en Terapia Intermedia

    Somos un país en terapia intermedia. Un país en el que, a pesar del Club del Helicóptero, el riesgo de un colapso a corto plazo está conjurado pero en el que se hace necesario un cuidado constante para evitar volver a esa terapia intensiva en la que transcurrimos la semana pasada.

    El doctor House salió al pasillo, se dirigió hacia una familia que esperaba en una sala y les dijo que la operación había salido razonablemente bien y que la vida del paciente estaba fuera de peligro, pero que los sesenta años de cigarrillos y sedentarismo y los treinta kilos de sobrepeso habían causado un grave daño al corazón y los pulmones. La situación seguía siendo delicada. Entonces, la esposa del enfermo se adelantó y lo increpó diciéndole: "¡Basta, doctor House! ¡No queremos escuchar más excusas! ¡Queremos hechos! ¡Cure a mi marido ya mismo! ¡Inútil! ¡Incompetente!".

    La escena, por supuesto, no corresponde a ningún capítulo de Doctor House y, aunque es probable que alguna situación similar se haya producido en algún hospital del conurbano, resulta clara a todos su irracionalidad. Nuestra irracionalidad. La repetida irracionalidad de nosotros, los argentinos, de guiarnos por un voluntarismo superficial, ignorante y suicida en todo lo que respecta a la vida pública, comenzando por la situación económica que supimos conseguir apoyando setenta años de populismo coronados por doce de realismo mágico.

    Como cualquiera que haya visto Doctor House comprende enseguida, la etapa más difícil y crucial de las curas médicas no es el tratamiento, sino el diagnóstico. También aquí es el diagnóstico lo que nos separa. Quienes piensan que el país que dejó Cristina era un país maravilloso -o, al menos, un país con dificultades pero viable- creen que los episodios de la semana pasada son responsabilidad del equipo económico y el producto del modelo de Cambiemos. Consecuentemente, se indignan cuando se les señala la correspondencia entre las actuales dificultades y el país cómodo que dejó la abogada exitosa y piden resultados inmediatos. Quienes, por el contrario, pensamos que Cristina dejó una economía devastada, un Estado quebrado, un país al borde del colapso y minado por varias bombas de tiempo oportunamente colocadas por ella (el cepo, el default, la deuda con las provincias, la fórmula de actualización jubilatoria, las tarifas congeladas por años) vemos lo sucedido como un episodio acaso evitable y de efectos perversos, pero perfectamente encuadrable en la realidad de un paciente que iba derecho a un paro cardíaco, lo evitó con un año (2016) de terapia intensiva, y ahora está en terapia intermedia.

    Nos guste o no nos guste, somos un país en terapia intermedia. Un país en el que, a pesar del Club del Helicóptero, el riesgo de un colapso a corto plazo está conjurado pero en el que se hace necesario un cuidado constante para evitar volver a esa terapia intensiva en la que transcurrimos la semana pasada. Un país con una salud aún frágil que con cualquier viento externo se agarra una pulmonía mientras a los demás les da apenas un resfrío. Un país en el cual las propuestas del médico anterior -volver a fumar, engordar y dejar de hacer ejercicio- son palos en la rueda solo disimulados por la demagogia económica reinante en la mayoría de los medios. Un país que a veces necesita refuerzos del tratamiento; como el 40% de tasa, el recorte ulterior de medio punto en el gasto fiscal y $30.000 millones menos en el gasto público. Pero también un país que, pese a todo, sigue mostrando mejoras en casi todos sus parámetros de referencia.

    Darle un vistazo a estos números, tan importantes para nuestra economía como la temperatura y la presión para cualquier paciente en terapia intermedia, permite mirar lo sucedido la semana anterior en perspectiva antes de dictaminar si estamos en un barco que se hunde o en un avión que evitó venirse a pique y empieza a retomar altura de vuelo.

    CRECIMIENTO. Entre 2011 y 2015 el PBI argentino creció al 0.02% anual; lo que en palabras simples se dice: cuatro años de recesión. Hoy, después de un 2016 en terapia intensiva (-1.8%) el PBI creció 2.9% en 2017, y para el primer bimestre de 2018 crecía al 5,1% y acumulaba siete trimestres de crecimiento consecutivos. Aún con una sequía que bajará un punto el PBI y la crisis cambiaria de mayo, es difícil que crezcamos menos de 2.5% este año, lo que implica que 2018 será el primer año no electoral de crecimiento desde 2010. Y se trata de un crecimiento equilibrado, que involucra a 13 de los 15 sectores económicos, con uno (transporte) en empate virtual y solo uno (pesca) en caída. También aquí, la mirada diverge según el lado de la grieta desde donde se mire. Para algunos, son crecimientos mediocres si los comparamos con las tasas chinas que Menem y los Kirchner lograron al inicio de sus mandatos. Para otros, son cifras más que aceptables en el marco de un peor escenario internacional debido a la baja de la soja y la suba de las tasas internacionales. Lo que es más importante, se trata de un crecimiento sostenible en el tiempo y no de otra plata dulce de consecuencias catastróficas en el largo plazo.

    POBREZA. Entre 2011 y 2015, la pobreza en Argentina subió al ritmo de 1% anual, aproximadamente. Medida con parámetros actuales, era del 30.3% cuando se fue Cristina. A fines de 2017, después del máximo de 32.2% alcanzado en el segundo trimestre de 2016, en plena terapia intensiva, la pobreza era de 25.7%. Son muchos los que dijeron que eran cifras de reducción modestas, pero significan que en un año y medio uno de cada cinco pobres (casi dos millones de habitantes) abandonó esa condición. Si se lograra sostener ese ritmo "modesto", lo que no será fácil, para 2023 Argentina volverá a tener una pobreza de un dígito. Significativamente, como no tenía desde 1973, cuando inició su programa de autodestrucción liderado por el Partido Militar y el Partido Populista.

    No es sólo la pobreza. Contrariando el relato populista sobre el partido de ricos que gobiernan para los ricos, tres datos se alzan incontrastables: 1) en 2017, el único decil cuyos ingresos no superaron la inflación fue el del 10% más rico del país; 2) la brecha entre ellos y el 10% más pobre se redujo en 1,4 puntos porcentuales y el índice GINI, que mide la desigualdad, cayó a 0.417, mejorando los registros anteriores a la gestión de Cambiemos y volviendo a niveles previos a la hiperinflación de 1989.

    EMPLEO. Entre 2011 y 2015 se crearon apenas unos 40.000 puestos de trabajo privados por año. Si la tasa de desempleo se mantuvo en un dígito se debió a dos maniobras costosas: la destrucción del INDEC a cargo de Moreno y la utilización del Estado como empleador de última instancia. En 2017, en cambio, en un año de terapia intermedia, 433.000 nuevos empleos fueron creados en los aglomerados urbanos relevados por la EPH. Es la cifra mayor desde 2003, y significa que se generaron unos 648 mil puestos de trabajo totales en el país.

    Gracias a esto, el índice de desocupación bajó al 7.2%. Si se excluyen las cifras del INDEC que decía que teníamos menos pobres que en Alemania se trata del menor nivel de desempleo desde 1989, cuando el peronismo se hizo cargo del país por un cuarto de siglo. Y esta baja en la desocupación no fue obtenida por el habitual método K de disminuir las personas que buscan empleo apelando a subsidios o extinguiendo la esperanza de conseguirlo, sino con un aumento simultáneo de más de un punto porcentual en las tasas de actividad y de empleo (es decir: las personas que buscan trabajo y las que lo obtienen), que están ya por encima de las mejores cifras mentidas por Guillermo Moreno.

    Resumiendo: el país salió del ciclo de recesión, empobrecimiento y destrucción de empleo en el que había caído en el final del ciclo populista, y lo ha hecho logrando un triple milagro: 1) bajar la inflación al mismo tiempo que se reactivaba el ciclo económico, 2) bajar simultáneamente el déficit y la carga fiscal, 3) evitar el colapso que la economía argentina produce con una ciclicidad alarmante cada 12-15 años (1975, 1989, 2001), y cuyos síntomas (recesión plurianual, inflación altísima y en aumento, caída de reservas, déficit gemelos, cepo y default) eran ya evidentes en 2015. Si un gobierno peronista lo hubiera logrado, las turbulencias del dólar en mayo hubieran sido descriptas en términos de "golpe de mercado contra el gobierno nacional y popular que estaba bajando la pobreza"; pero como se trata de un gobierno no peronista son descriptas por el peronismo como una maniobra artera por parte de la ofensiva neoliberal antipueblo. Así nos ha ido.

    Pero veamos ahora los nudos irresueltos que mayo ha revelado, y que existen, pero son menos importantes de lo que se pretende. No terapia intensiva, sino terapia intermedia; es decir: una situación delicada pero sin crisis terminales a la vista y regidas por un cuadro de mejora generalizada.

    INFLACIÓN. La inflación es la principal variable en la que los cálculos del Gobierno se han revelado exageradamente optimistas. Aún así, ha bajado y hasta los más críticos dan por descontado que lo seguirá haciendo; y lo ha hecho -como hemos visto- sin apelar a la receta de congelar la economía, descargando las consecuencias sobre la población más vulnerable. Después del 40% de la terapia intensiva de 2016 producto de la salida del cepo cambiario y el default, la inflación de 2017 (24.8%) fue la más baja desde 2011, y aún si se cumpliera la expectativa de 22% anual -como calculan los pesimistas después de la semana pasada- la inflación de 2018 sería la más baja desde 2009, un año en el que el PBI nacional cayó 6%. Las dificultades con la inflación existen, evidentemente, pero es tendencioso no ver el cambio entre un modelo económico en el que crecía a un promedio de entre dos y tres puntos porcentuales por año a otro en el que bajó quince puntos porcentuales en ese mismo lapso.

    DÓLAR Y RESERVAS. Escribo estas líneas cuando aún es imposible evaluar los resultados definitivos de las medidas anunciadas; pero no parece haber motivos para creer que el dólar esté descontrolado ni que las reservas corran el riesgo de agotarse. De los $14.55 que valía el dólar blue el día del levantamiento del cepo hasta los $22.17 que costaba ayer, la devaluación es del 52%, es decir, bastante menor que la inflación. El que apostó al dólar perdió, no hay dudas. Y ya sea que se opine que la corrida fue producto de la suba internacional de las tasas de la FED como si se piensa que se debió a errores de la conducción económica, el ascenso de la cotización del dólar de esta semana (+12% en el pico del jueves) está lejos de configurar una devaluación salvaje como la que aplicaron varios de los ahora escandalizados. En el 2002 de Duhalde, por ejemplo (+40% en un día) y en el 2014 de Kiciloff (+22%, en dos días). Las reservas del Banco Central, por su parte, son hoy de 55.984 millones de dólares, más del doble de las dejadas por Cristina.

    INVERSIONES. No hubo lluvia de inversiones, se dice en todas partes, y es cierto. Tan cierto como que el crecimiento de las inversiones en 2017 cuadruplicó el del resto de la economía y que su total llegó al 20.7% del PBI, con una respetable componente externa de 1.9% del PBI; el triple que en 2016. No es para tirar manteca al techo ni podemos competir con China, pero después de una década de caída permanente estamos ya en valores de inversión razonables, y la tendencia es creciente.

    DÉFICIT COMERCIAL. Acaso, el principal punto doliente de la economía. En 2017, la balanza comercial tuvo un déficit de us$8.471 millones. No es una cifra menor. Sin embargo, la situación se encuadra en la tendencia que transformó el superávit de 16.661 millones de dólares de 2002 en 2.968 millones de dólares de déficit para 2015; una hazaña obtenida por el kirchnerismo mediante el expediente de sextuplicar las importaciones. Además, otros datos relativizan el problema: 1) solo un quinto de nuestras importaciones son bienes de consumo terminados, mientras que el 80% restante son insumos para la producción (que aumentan junto a la reactivación económica) y bienes de capital (que permitirán crecer en el futuro). En ambos casos, se trata de fenómenos habituales durante el comienzo de una fase expansiva; 2) el rubro importador que más creció fue el de automotores, fuertemente afectado por la crisis de Brasil y los excedentes productivos que generó, absorbidos por Argentina; 3) mejoró poco el volumen exportado pero mucho el perfil exportador, ya que cayeron los rubros primarios (-5.6%) y las manufacturas agropecuarias (-3.6%) mientras que mejoraron las manufacturas de origen industrial (11.2%) y la energía (18.7%).

    Solo el tiempo dirá si este aumento del déficit es un fenómeno transitorio manejable y si el crecimiento de la economía y de las exportaciones (+5.7% de 2015 a 2017) alcanzará para equilibrar la balanza. Sin embargo, la maniobra populista de gritar al cielo por un aumento devastador de las importaciones no tiene asidero; aún menos, viniendo como viene de quienes las sextuplicaron en doce años.

    ENDEUDAMIENTO. El otro punto doliente del modelo de Cambiemos que -como ha reconocido el Gobierno- debe corregirse a la brevedad si se quiere evitar una recaída. Dicho esto, Argentina se endeuda hoy al 4-5% de tasa y paga comisiones de 0.12% a los bancos, mientras que durante el apogeo de los nacionales y populares les pagaba 16% en dólares al comandante Chávez y comisiones del 1% a los banqueros. Ahora bien: ¿cuánto aumentó la deuda? En valores aproximados, desde 2015 la deuda externa subió unos 64.000 millones de dólares, de los cuales unos us$12.500 millones corresponden a deuda tomada para pagar a los holdouts. Así, en dos años Cambiemos aumentó la deuda externa en unos us$25.000 millones anuales al mismo tiempo que aumentaba las reservas unos us$15.000 millones anuales. Si comparamos lo que le pedimos al banco con lo que pusimos abajo del colchón, el saldo negativo anual es de unos us$10.000 millones. Bastante mejor que el de Cristina, que grita al escándalo hoy pero entre 2010 y 2015 aumentó la deuda al ritmo de us$11.700 anuales y perdió reservas por us$5.370 anuales; lo que representa un saldo negativo de us$17.000 millones anuales.

    Además, aún con estos dos años de endeudamiento, la deuda pública neta apenas supera el 31% del PBI, está entre las más bajas de la región y todavía muy lejos del 48% promedio de los países emergentes. Si se siguen cumpliendo y sobrecumpliendo los compromisos de reducción del déficit fiscal, es perfectamente sostenible y comenzará a bajar a partir de 2020, después de que Mauricio Macri se convierta en el primer presidente civil no peronista que cumple su mandato desde 1928.

    No es la gloria pero tampoco estamos cerca de un colapso como los que devastaron al país en 1975, 1989 y 2001. Se pecó de optimismo, probablemente, en lo que respecta a la inflación. Se pecó de ingenuidad, seguramente, cuando se pensó que la oposición peronista iba a tener la grandeza de ayudar a arreglar el desastre que dejaron en vez de poner palos en la rueda, explicar cómo hay que hacer en cuatro años de vacas flacas y minorías parlamentarias lo que no hicieron durante doce años de vacas gordas y mayorías, y tratar de voltear al gobierno con hordas tirapiedras y leyes cuyo único objetivo es provocar un caos fiscal. No estamos para salir a correr la maratón, y nadie en su sano juicio podía pretender eso, pero salimos de terapia intensiva y, con las dificultades y altibajos inevitables, vamos en el rumbo correcto.

    Un país que zafó del bobazo. Un país en terapia intermedia. Y un equipo económico, el de Cambiemos, que no será el doctor House pero está a años luz de los curanderos que convirtieron una enorme oportunidad en un desastre enorme. El resto es demagogia de los habituales ventajistas y vendedores de humo, cuando no desesperación de los que ven apagarse los motores del último helicóptero que podía evitarles la cárcel que merecidamente les espera.

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