"Quedar privado de tan importante sostén es vulnerar la esencia misma del -ser hombre-”.
Sin duda, el trabajo es y seguirá siendo uno de los pilares de la autoafirmación de la masculinidad; íntimamente asociado a la potencia viril, a la fuerza muscular, a la jactancia y a la toma de decisiones. Quedar privado de tan importante sostén es vulnerar la esencia misma del “ser hombre”. En los últimos siglos los cambios en los patrones de género, promovidos por las luchas femeninas, han permitido que ellas también se afiancen en el trabajo como un medio de desarrollo, independencia y estima personal. Hoy, la construcción de una pareja o de una familia es un compromiso compartido que implica la generación de proyectos comunes, que no sólo cubran necesidades básicas (alimentos, vivienda, educación de los hijos, etc.), sino que también anhelen a vivir cada vez mejor. Cuando en una pareja, el hombre pierde el trabajo, es la mujer quien sale a compensar la malograda economía además de mantener el equilibrio emocional, asistiendo al compañero afectado por el despido. En un principio, la bronca, la desazón, la vivencia de injusticia, de frustración e inutilidad, hacen presa al hombre de un malestar que puede ser duradero; la duración dependerá de sus capacidades personales para afrontar la crisis y en gran medida de la ayuda del entorno.
En el caso de la mujer que se ve privada de continuar trabajando siente que pierde un baluarte de independencia. Las normativas de género han incorporado al desarrollo personal por medio del trabajo como la más lograda de las recompensas. Es decir que los efectos de la pérdida laboral los comprometen en forma diferente: a ellos los afecta en la configuración misma de la masculinidad, y a ellas en tan bien ganada autonomía. La mujer que ha tenido que salir de la casa, cumplir con las tareas fuera de ella, no quiere volver a la misma rutina de lo cotidiano. Teme a quedarse “en camisón” todo el día, mirando la novela de la tarde, u ocuparse sólo de la casa y los hijos. La mujer que aprendió a valorar el trabajo como el mejor recurso de realización personal y superación sufre sobremanera cuando lo pierde. Las fantasías de dependencia y de abandono a la rutina cotidiana superan a las de frustración e inutilidad, siendo estas últimas más frecuentes en el hombre desocupado.
Afrontar la noticia
Superar los primeros momentos es todo un desafío, tanto para quien sufre el embate de la desocupación como para las parejas. Una de las primeras fantasías que aparecen es ver al otro tirado en la cama o en el sillón, haciendo zapping o dormitando con la barba crecida o el camisón de varios días. Uno tiene la certeza de que en pocos días se convertirá en un ser inmaduro, dependiente e inútil. Borrar esas fantasías de la cabeza es una de las primeras cosas que debería hacer quien acompañe a su pareja desocupada. Es notable como el ser humano teme a lo incierto. En estos casos las fantasías catastróficas cubren ese espacio que debería llenar la incertidumbre. Es más saludable “darse el permiso” para construir el día a día que llenarse la cabeza de imágenes fatídicas.
Es posible que el temor a no volver a reinsertarse laboralmente sea mayor en aquellas personas acostumbradas a ocupar cargos con cierta jerarquía (gerentes, profesionales, directores de empresas, etc.) ya sea por lo limitado de dichas ocupaciones como por la poca confianza que se tienen para evaluar otras alternativas de trabajo. Mantener la estima y una actitud “piadosa” con uno mismo, ayuda a superar estos momentos difíciles e impide la emergencia de pensamientos críticos.
Cuando uno de los miembros de la pareja pierde el trabajo, es importante tener en cuenta los siguientes ítems:
Para los dos:
Afrontar la situación de despido como una circunstancia de vida que deben resolver los dos.
No desesperarse, mantener la calma y el criterio de realidad.
Compartir el problema con gente que “sume” y no que “reste”.
Adecuar el presupuesto mensual a la nueva realidad.
Hacer proyectos más cercanos.
Mantener la armonía familiar o de pareja.
No dejar de hacer actividades placenteras.
Abrir siempre un espacio de comunicación honesta.
Mantener viva la sexualidad.
Para el que perdió el trabajo:
Recortar la circunstancia actual de otras situaciones tristes o frustrantes. Las experiencias de vida deben servir para construir, no para llenarnos de reproches.
No dejar de hacer actividades, dentro o fuera de la casa.
Alejarse de todo lo que tiende a la inhibición o el sedentarismo: quedarse en la cama, mirar televisión, postergar compromisos, etc.
Acercarse a personas optimistas, que no presionen ni critiquen.
Evaluar alternativas posibles de reinserción laboral, teniendo especial cuidado con aquellas que se presentan como opciones rápidas para salir de la desesperación. Muchas veces estas opciones aumentan más la vivencia de frustración.
No perder el cuidado personal, prepararse cada mañana como para emprender el mejor día de trabajo.
Continuar con actividades placenteras: caminatas, deportes, música, lectura, etc.
No olvidar que el sexo nos conecta con un cuerpo activo, erógeno, sensual, y nos aleja de todo pensamiento crítico.
Para quien acompaña:
Mantener la calma, la tolerancia y la armonía de la pareja.
Ayudar a construir el “día a día” de la pareja; es la mejor manera de enfrentar las imágenes catastróficas que se presentan como certezas de lo que va a ocurrir.
Evitar los reproches por la situación actual y menos que menos hacer alusión a conductas pasadas.
No dejarse influenciar por familiares u otras personas que aconsejan desde un lugar de “sabelotodo”, como si ellos tuvieran la vida resuelta.
Ayudar a organizar el presupuesto actual y los proyectos futuros. Proponer metas cortas a cumplir.
No dejar que el otro caiga en el desanimo ni en el “abandono” personal, si es necesario pedir ayuda profesional.
Recuperar siempre lo mejor del otro, sus potencialidades, sus valores, su capacidad de superación.