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    Cambiemos instaló la ola amarilla

    La oleada amarilla tiñó gran parte del país y, más allá de las risas y las amarguras que provocó, la voz del pueblo fue, por suerte, vox dei.

    En primer lugar merece destacarse la transparencia de la elección. No hubo, desde ninguno de los sectores participantes, denuncias graves ni antes, ni durante ni después de su realización. Importante. Destacable. La oleada amarilla tiñó gran parte del país y, más allá de las risas y las amarguras que provocó, la voz del pueblo fue, por suerte, vox dei.

    El triunfo de Cambiemos fue contundente, como para despejar cualquier tipo de duda sobre su legitimidad que, agregada a la legalidad, abre un abanico de posibilidades en la sociedad.

    Posibilidades que para quienes perdieron constituyen la oportunidad de replantear posturas que implosionaron en sus bases y si bien no puede ni debe hablarse de derrumbes definitivos, sí indican que estuvieron alejadas de los gustos y humores de la mayoría.

    El análisis de la victoria de Cambiemos en la sumatoria de las provincias puede realizarse desde lo realizado por el oficialismo nacional como también desde lo hecho por las distintas oposiciones que fueron incapaces de leer e interpretar las variables que se expusieron en cada una de las que se realizaron este año.

    Desde el kirchnerismo más duro podrá culparse nuevamente como artífice de la derrota a la “hegemonía mediática que taladra y coloniza las mentes de los ciudadanos”, una forma casi infantil para no aceptar que todos los actos de la vida, y especialmente en política, tienen consecuencias que, si no son las esperadas, deberían ser evaluadas como alertas de haber tomado un desvío que no conduce al destino elegido.

    Y esas actitudes fueron vistas y comprobadas en el 2015, cuando el sector K más radicalizado creyó que el adversario era Daniel Scioli y no Mauricio Macri e hizo lo imposible para esmerilar su posibilidad de ser candidato primero y después, sólo permitir que lo fuera, imponiéndole un cordón ideológico con Carlos “Chino” Zannini.

    En ese entonces muchos de los que hoy acusan a Mauricio Macri de todos los males argentinos auguraban que de ganar el gobernador de Buenos Aires, sucedería lo mismo.

    Apostaron a la “teoría Bachelet” con el convencimiento de que era preferible que ganase el “Piñera argentino” porque después de un período volvería la jefa y se restablecería el modelo de distribución que inaugurara Néstor Kirchner en el 2003.

    Hay quienes aseguran que aquella no fue sólo una lectura equivocada sino una especuladora forma de entender la realidad política.

    Lo cierto es que dos años después una de las consecuencias que observan es que la autogenerada oleada amarilla amenaza con convertirse en una fiebre del mismo color con potencialidades inimaginables.

    El pueblo se expresó en las urnas, y queda para otro análisis la manera y la forma en que Mauricio Macri administrará y ejecutará el poder delegado.

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